Técnicas de relajación

La alfombra voladora

La alfombra voladora

Hoy te invitamos a viajar en una alfombra voladora. No es exactamente como la de Alí Babá, ni divisarás desde las alturas los idílicos paisajes del Bagdad de las “mil y una noches”, pero si te lo tomas con un poco de tranquilidad y sigues estos pasos, acabarás pensando que la esterilla sobre la que te has sentado para realizar este ejercicio es tan mágica como la de los ancestrales cuentos arábigos.

Así que el único material que vas a necesitar es eso, una alfombrilla, una esterilla, una toalla un poquito mullida o textil similar que te ayude a estar cómodo cuando asientes tu posaderas en el frío y duro suelo.

Antes de sentarte sobre la alfombra, cierra la puerta de tu cuarto, para que los ruidos exteriores no te distraigan. Dedica también un momento a descubrir cuáles son los ruidos de tu propio cuarto (la radio, el ventilador del ordenador, etc) y, en la medida que puedas, elimínalos. Por supuesto, apaga el móvil. Dedícate 10 minutos de aislamiento. En este viaje sólo hay billete para ti. Ve creando ambiente, haz que la luz de tu habitación se atenúe, que incite a la relajación… bastará la lamparita de la mesilla o que bajes un poco más la persiana. Hazlo todo con lentitud, como si tu cuerpo se fuera ya acomodando para este tiempo de rélax.

Descálzate y siéntate sobre la alfombra extendida. Una buena postura es la del loto o parecida, para los que no somos flexibles como el chicle. Más o menos debes tener la espalda recta, hombros y brazos relajados y las piernas de tal manera que las plantas de tus pies se toquen completamente. Si tus rodillas tocan el suelo, estupendo, pero si no eres Van Damme, no te preocupes: esto no es un ejercicio de estiramiento. Tus muñecas se apoyarán en la parte interna de tus rodillas y las manos, estarán extendidas pero relajadas. Otra buena postura, un poco más difícil de mantener, es la que los japoneses denominan “seiza”: sentarse de rodillas y las posaderas apoyadas en los talones, con los pies completamente estirados. Si te decides por esta postura, tus manos estarán apoyadas formando un pequeño triángulo sobre los músculos abductores de tus piernas y los codos pegados a tu cuerpo.

Cuando hayas encontrado la postura idónea, abandónate a la calma, cierra los ojos. Toma aire lentamente por la nariz, como si tratases de recoger hasta la última brizna de oxígeno purísimo que hay en tu habitación. Retén el aire unos segundos y expúlsalo por la boca muy despacio… muy despacio. Piensa que con cada expiración estás expulsando de ti las preocupaciones, los atosigamientos de los estudios, las prisas, los miedos, las taras… piensa que estás librándote de ellos, que los estás despidiendo de tu cuerpo larga y lentamente.

Mientras respiras, con los ojos cerrados intenta visualizar tu habitación. Esa habitación donde echas tantas horas cada día preparando los exámenes, haciendo los trabajos, realizando tus tareas… Ahora imagina que esa habitación empieza a fraccionarse en minúsculos pedacitos, como azulejitos de un mosaico… el armario, la mesa, la puerta, las estanterías, el techo, el suelo… todo comienza a fraccionarse, y rápidamente a disgregarse como si fuera absorbido por un voraz agujero negro, hasta que sólo quedáis tu respiración y tú, tu alfombra y tú. Sin abrir los ojos, te ves sentado en la alfombra, tú y la alfombra sobre un cosmos inmenso, limpio y absoluto. Estrellas que no puedes tocar te rodean desde muy lejos, pero parece que están ahí, a tu alcance. Flotas en un océano de soledad espacial donde eres consciente de todo. Ahora que tienes la óptica idónea, analízate…. ¿cómo te encuentras? ¿hay alguna parte de tu cuerpo donde quede aún un resto de tensión? A poco que te esfuerces, oyes los latidos de tu corazón y ese ritmo lento y preciso es la relojería de tu universo, de tu contexto… ¿qué tal ha ido el día?, ¿mejor, peor de lo esperado?... ten buenos propósitos para lo que queda del día, para mañana. Desde tu cosmos todo parece más transitorio, más accesorio, todo tiene más fácil solución. Tu lenta respiración es el combustible de tu alfombra. Aliméntala con parsimonia.

¿Cuántos minutos llevas ahí arriba? ¿Tal vez 10, 15, 30? De este vuelo sin motor puedes abusar todo lo que quieras. Es un medicamento para todas las dolencias, no tiene contraindicaciones y crea cierta adicción…Pero baja alguna vez… Nota cómo vuelves a tu entorno… pequeños ruidos de la habitación, pisadas del exterior, los coches atenuados de la calle, te vuelven a introducir en tu cuarto. Aterriza suavemente, abre los ojos a tu mundo, completamente renovado y transformado por un viaje que repetirás mañana, y pasado mañana, y cuantos días puedas, sobre todo en época de agobios y prisas. Incorpora esta excursión en alfombra a tu rutina.